jueves, 6 de marzo de 2008

¿Títeres del Chavismo o el Poder del Dinero?

Nicaragua aprovechó las circunstancias para romper relaciones diplomáticas con Colombia. No me sorprende. Desde el famoso ¡Por qué no te callas! del Rey Juan Carlos, en que Daniel Ortega se desgastó hablando de la monarquía española mientras el Rey lo ninguneaba y se marchaba, es un hecho que el presidente nicaraguense es manipulado por Hugo Chávez.
Lo que manda aquí no es un liderazgo romántico y reinvindicativo como el que despertaba adhesiones al inicio de la era Fidel Castro. Aquí lo importante es el dinero contante y sonante. Un dinero producto de los petrodólares que financia campañas, llega en valijas diplomáticas, promociona programas sociales, opera ojos, compra sillas de ruedas, dona alimentos, brinda cocinas, etcétera, etceétera.
El gesto sobreactuado, por ejemplo, de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en su apoyo a Hugo Chávez y condena a Colombia, tiene que ver con el poder de la valija. Una valija, que dicen, llegó con 800,000 dólares a financiar la campaña presidencial de la señora K y que despertó polémica en Argentina.
El uso de dinero proveniente del petróleo podría estar financiando no el desarrollo de Venezuela sino grupos radicales de izquierda no respetuosos de los derechos humanos. Porque sino ¿que hacían mexicanos recibiendo un curso acelerado de explosivos de las FARC en el campamento ecuatoriano?. Se dice inclusive que habrían muerto 10 mexicanos que asistían a esta escuelita del terror.
Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Argentina y cierta oposición del Perú podría ser ya rehén del financiamiento venezolano. Y eso sería peligroso para el desarrollo sostenido del país.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay que tener el cerebro bien, pero bien chiquitito, para comerse la tontería que siendo Néstor Kirchner presidente de Argentina y Jefe supremo de las FFAA, venga un dinero sucio del extranjero para ayudar a la campaña de su esposa candidata presidencial, y la policia aduanera a su servicio, busque y rebusque a una comitiva invitada por el gobierno.... y encuentre los famosos 800 mil dólares que el "loco" de Chávez le mandaba a la idiota de Cristina Fernández nada menos con un millonario venezolano que para coincidencia, vive en la madriguera de las mafias latinoamericanas: Miami.

Jaime Bayly ha tenido el criterio de escribir al respecto y sus conclusiones deja a tu "teoría" muy mal parada.

Una verdadera lástima que ni en un milímetro se diferencia tu análisis del chanchullo mediático que manipula la extrema derecha norteamericana en la prensa RABONA.

Claudio

Anónimo dijo...

PERIODISTA JULIO VARGAS DE RPP ¿NO TIENE VERGUENZA, A SU VEJEZ, DE OCULTAR A LAS NUEVAS GENERACIONES LA VERDAD SOBRE EL PROBLEMA ECUADOR-COLOMBIA Y QUE DETRAS SE ENCUENTRA EL GENOCIDA BUSH? Y
EL ACÓLITO QUE TE ACOMPAÑA EN LAS MAÑANAS A TODO DICE "CHI CHE ÑO"
Suben los precios y comentas estupideces. Que el huayco; que por qué no comemos papapan; que comeremos pescado; etc. NI TU MISMO TE LO CREES.

Anónimo dijo...

La visita de la presidenta de Argentina a Venezuela no solo es caracter oficial y de gobierno, sino que la acompaña un grupo de importantes empresarios argentinos que deben tener suculentos intereses, eso demuentra que en medio de una crísis, priman más los intereses comerciales.
Lo de Ortega, simplemente es patético.

Juan Sheput dijo...

Estimado Claudio (anónimo de las 22:57). Voy a esperar el análisis de Magaly Medina sobre el tema antes de opinar sobre lo escrito por Jaime Bayly.

Anónimo dijo...

¿Bayly ha escrito sobre el tema? ¿Y qué dice? ¿Que Christian Meier le quita el sueño? La mitad de lo que escribe Bayly es ficción, señores, y la otra mitad es "ay fo". Así que ¡cómo le pueden dar un milímetro de crédito a esa "señora"!

Anónimo dijo...

Buena esa de esperar el análisis de magaly, ese es el nivel de Bayly, que vende noveles por escándalo no por calidad.

Anónimo dijo...

creo que hay que esperar el sesudo comentario de magaly, de jaime bayly, de JB y de Rossini. ah y me olvidaba de aldo mari�tegui el periodista mas influyente en la clase "a".

chichi dijo...

Uyuyuy y yo. Tienen que escucharme antes de opinar.

Anónimo dijo...

Tomar como referente a Jaime Bayly para hacer un juicio a un suceso politico, seria como llevar a Laura Bozo para que medie entre Correa y Uribe.

Anónimo dijo...

la televisión es un burdelito y ya es patético que Jaime Bayly sea un "formador de opinión".

Anónimo dijo...

Por la respuesta destemplada que das a unas anotaciones que hago a tu "análisis" sobre el problema desatado por la irresponsable incursión militar colombiana de Alvaro Uribe a suelo ecuatoriano, claro Juan que haces bien en esperar los disparates de Magaly Medina para enriquecer tu hoja de ruta.

Claudio.

Saludos:

Aquí el artículo de Jaime Bayly:


Ese raro gordo bonachón
Jaime Bayly:
Eran los primeros días del 2002, invierno en Key Biscayne, si podemos llamar invierno a unos días espléndidos, a pleno sol.
Yo vivía en una casa en la calle Caribbean, una casa amarilla, de un piso, una de las más antiguas de la isla. Estaba obsesionado con escribir una novela que titulé El huracán lleva tu nombre. Me pasaba la noche escribiendo, escuchando los maullidos de los gatos y los chispazos de las regaderas que se encendían automáticamente. Cuando me daba hambre, subía a la bicicleta y pedaleaba hasta el Seven Eleven.
Una noche, bajando de la bicicleta en el Seven Eleven, un hombre alto y obeso me dijo:
-¿Qué ha sido de tu vida, que ya no te veo en televisión?
Le conté que me había retirado de la televisión de Miami, dado que mi último programa había sido cancelado, los ejecutivos de esa cadena acusándome de ser “demasiado intelectual y marica para los mexicanos de California”.
El hombre apretó un botón que desactivó la alarma de su Mercedes del año, deportivo, color gris. Sentí que, al apretar ese botón, había experimentado una alegría rotunda, definitiva, una forma de alegría que siempre me sería esquiva.
Para mi sorpresa, me preguntó dónde vivía.
-En Caribbean road, cerca del Sonesta -le dije.
-Yo tengo un hotel al lado del Sonesta -me dijo.
-¿El Silver Sands? -pregunté.
-Es mío -dijo.
-Hombre, te felicito -dije.
-Te invito mañana para que veas unas cabañas frente al mar que te pueden interesar -me dijo.
Sacó su billetera y me dio su tarjeta.
-Llámame -me dijo-. Tienes que ver las cabañas frente al mar. Son del carajo. Enrique Iglesias viene de vez en cuando con sus amigas.
Luego subió a su auto. Miré la tarjeta. Decía: Guido Antonini Wilson.
Al día siguiente, lo llamé. No tenía ganas de verlo, pero me intrigaba conocer las cabañas en las que Enrique Iglesias hacía travesuras. Lo traté de Guido, un nombre extraño en cualquier caso. Me dijo que pasaría a buscarme al final de la tarde.
El señor Antonini vino a buscarme en un auto distinto del que había usado la noche anterior. Era un Mercedes grande, cuatro puertas, azul oscuro. Al subir, sentí ese olor a nuevo que conservan los autos recién salidos del concesionario.
Llegando al hotel, me condujo a su oficina. Se sentó en un escritorio y me dijo que ese hotel era de su mujer, de la familia de su mujer, pero que él lo administraba como si fuera suyo y yo era bienvenido cuando quisiera. No me quedó claro (esas cosas nunca quedan claras) si me estaba diciendo que no me cobraría en caso de que me quedase en su hotel.
Poco después caminamos hasta las cabañas con vista al mar. Quedé horrorizado con la decoración.
-Son perfectas para escribir -mentí.
Antes de irnos, le pregunté cuál era la cabaña en la que Enrique se escondía con sus amigas. Me llevó a la cabaña africana, atigrada, con pieles de animales y colmillos de elefantes, y dijo, señalando la cama:
-Aquí ha culeado Enrique Iglesias.
Luego añadió:
-Cuando quieras, puedes venir.
-Muchas gracias -dije.
-Para mí será un honor recibirte -dijo.
No quedó claro si el honor al que aludía me exoneraba de pagar por la cabaña.
Al subir a su auto, pensé que me llevaría a casa. Me equivoqué. Guido me dijo que su mujer estaba ansiosa por conocerme. No me preguntó si yo sentía ansias recíprocas.
Vivía en un departamento del Grand Bay, con todos los lujos previsibles. Recorrimos medio departamento sin que su mujer diese señales de vida. Al pasar por la cocina, una empleada dijo que la señora estaba en la lavandería. En efecto, allí mismo estaba. La señora Jacqueline era agradable y distinguida, aunque no necesariamente guapa. Me saludó con afecto distante, como quien saluda a alguien que inspira, a la vez, curiosidad y temor.
-No me pierdo tus programas -me dijo.
No sentí que estuviera ansiosa por conocerme. Sentí que estaba ansiosa por seguir ordenando la ropa con la maniática minuciosidad de una millonaria aburrida.
Guido me llevó a su biblioteca. Digo que era una biblioteca porque así la llamó él, no porque hubiese libros. Se sentó en su escritorio, me ofreció un trago, le dije que no bebía alcohol, puso cara de espanto, me invitó agua mineral y se sirvió un whisky.
Por fin hablamos de política.
Me dijo que Chávez era una desgracia, que había instaurado un régimen autoritario y corrupto, que los amigotes de Chávez estaban haciéndose muy ricos, que no se podía hacer dinero a no ser que fueras socio del régimen. Me contó que era amigo de Carlos Andrés Pérez, que hablaban a menudo, que Carlos Andrés estaba en Santo Domingo, pero venía con frecuencia a Miami. Le dije que conocía a Carlos Andrés, que lo había entrevistado el año 97 o 98. Cogió el teléfono, llamó a Carlos Andrés y le dijo que estaba conmigo. Me dio sus saludos. Le dijo que cuando viniera a Miami, teníamos que juntarnos los tres “para hablar de política”. Hablaron de cosas que no entendí y cortó.
Mi amigo Guido se sirvió otro trago y me dijo:
-Chávez no va a durar. Va a caer pronto. Lo vamos a tumbar.
Le dije que eso sería difícil, dado que los militares lo apoyaban y muchos de sus compañeros de promoción ocupaban puestos claves.
-Acuérdate de mí -insistió-. A Chávez lo tumbamos. Va a terminar en la cárcel.
Pensé que estaba fanfarroneando, que quería hacer alarde de su poder y sus conexiones.
Poco después me llevó a la cochera del edificio y me mostró su colección de autos de lujo: Hummers, Ferraris, Lamborghinis, Mercedes.
-Cuando quieras, te presto uno de estos para que lleves a tus hijas a Orlando -me sorprendió.
Yo le había contado que en pocos días llegarían mis hijas y nos iríamos a Disney.
-Muchas gracias, pero no me animo -le dije.
-Anda en la Hummer -insistió.
-¿Y si choco? -le dije.
-No pasa nada -dijo-. Todos están asegurados.
-Pero el seguro no te cubre si yo manejo -dije.
-No vas a chocar -dijo-. Y si chocas, decimos que yo estaba manejando.
Tras esa exhibición de su riqueza, el señor Antonini me llevó a mi vieja casa amarilla, construida en 1953.
-Llámame cuando lleguen tus hijas -me dijo.
Una semana después, mis hijas llegaron y les conté que había conocido a un extraño magnate venezolano que me había enseñado su colección de autos de lujo y me había ofrecido uno de ellos para irnos a Disney.
-No voy a llamarlo -dije.
-¡Estás loco! -me dijeron-. ¡Llámalo!
-¿Y si es un millonario tramposo perseguido por la justicia?
-¡No importa! ¡Llámalo!
A pesar de mis temores, lo llamé. No contestó. Dejé un mensaje. No llamó de vuelta. Llamé dos o tres veces más. Dejé mensajes. No llamó.
Unos meses después, en abril, leí que le habían dado un golpe a Chávez. Me acordé de mi amigo Guido, de sus enfáticas palabras:
-Chávez no va a durar. Lo vamos a tumbar.
Lo llamé para preguntarle qué estaba pasando en Caracas. No contestó.
No volví a verlo más, hasta una mañana, cinco años después, en que abrí un periódico en Buenos Aires y vi la foto de ese raro gordo bonachón, acusado de ser “el hombre de la valija”, el misterioso pasajero que llegó en un vuelo privado desde Caracas y quiso introducir ilegalmente un maletín con ochocientos mil dólares en efectivo.
Lo primero que pensé fue: Suerte que no me prestó su Hummer para ir a Disney.
Lo siguiente que me dije fue: ¿Pero este gordo no estaba conspirando contra Chávez?
Luego me imaginé a su esposa ordenando la ropa minuciosamente en la lavandería del apartamento de lujo, odiándolo en silencio.

Carlos dijo...
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